CBT.
No. 2 ING. JUAN CELADA SALMÓN, LERMA
LA GLORIA DE LOS FEOS
(RELATO: TEXTO ORIGINAL)
POR:
MARTÍNEZ HERNÁNDEZ
MARINA
LECTURA, EXPRESIÓN ORAL Y ESCRITA
MTRO. MARTIMIANO CALZADA MEDINA
GRADO:
PRIMERO GRUPO: E
II
TÉCNICO EN PUERICULTURA
CICLO ESCOLAR 2017 -2018
2 DE NOVIEMBRE 2017.
LA GLORIA DE LOS FEOS
Me fijé en Lupe y
Lolo, hace ya muchos años, porque eran, sin lugar a dudas, los raros del
barrio. Hay niños que desde la cuna son distintos y, lo que es peor, saben y
padecen su diferencia. Son esos críos que siempre se caen en los recreos; que
andan como almas en pena, de grupo en grupo, mendigando un amigo. Basta con que
el profesor los llame a la pizarra para que el resto de la clase se
desternille, aunque en realidad no haya en ellos nada risible, más allá de su
destino de víctimas y de su mansedumbre en aceptarlo. Lupe y Lolo eran así:
llevaban la estrella negra en la cabeza. Lupe era hija de la vecina del
tercero, una señora pechugona y esférica. La niña salió redonda desde
chiquitita; era patizamba y, de las rodillas para abajo, las piernas se le escapaban
cada una para un lado como las patas de un compás. No es que fuera gorda: es
que estaba mal hecha, con un cuerpo que parecía un torpedo y la barbilla
saliéndole directamente del esternón. Pero lo peor, con todo, era algo de
dentro; algo desolador e inacabado. Era guapa de cara: tenía los ojos grises y
el pelo muy negro, la boca bien formada, la nariz correcta. Pero tenía la
mirada cruda, y el rostro borrado por una expresión de perpetuo estupor. De
pequeña la veía arrimarse a los corrillos de los otros niños: siempre fue
grandona y les sacaba a todos la cabeza. Pero los demás críos parecían ignorar
su presencia descomunal, su mirada vidriosa; seguían jugando sin prestarle
atención, como si la niña no existiera. Al principio, Lupe corría detrás de ellos,
patosa y torpona, intentando ser una más; pero, para cuando llegaba a los
lugares, los demás ya se habían ido. Con los años la vi resignarse a su
inexistencia. Se pasaba los días recorriendo sola la barriada, siempre al mismo
paso y doblando las mismas esquinas, con esa determinación vacía e inútil con
que los peces recorren una y otra vez sus estrechas peceras. En cuanto a Lolo,
vivía más lejos de mi casa, en otra calle. Me fijé en él porque un día los
otros chicos le dejaron atado a una farola en los jardines de la plaza. Era en
el mes de agosto, a las tres de la tarde. Hacía un calor infernal, la farola
estaba al sol y el metal abrasaba. Desaté al niño, lloroso y moqueante; me
ofrecí a acompañarle a casa y le pregunté que quién le había hecho eso. "No
querían hacerlo", contesto entre hipos: "Es que se han
olvidado". Y salió corriendo. Era un niño delgadísimo, con el pecho
hundido y las piernas como dos palillos. Caminaba inclinado hacia delante, como
si siempre soplara frente a él un ventarrón furioso, y era tan frágil que
parecía que se iba a desbaratar en cualquier momento. Tenía el pelo tieso y
pelirrojo, grandes narizotas, ojos de mucho susto. Un rostro como de careta de
verbena, una cara de chiste. Para entonces debía de estar cumpliendo los diez años.
Poco después me entere de su nombre, porque los demás niños le estaban llamando
todo el rato. Así como Lupe era invisible, Lolo parecía ser omnipresente: los
otros chicos no paraban de martirizarle, como si su aspecto de triste
saltamontes despertara en los demás una suerte de ferocidad entomológica. Por
cierto, una vez coincidieron en la plaza Lupe y Lolo: pero ni siquiera se
miraron. Se repelieron entre sí, como apestados. Pasaron los años y una tarde,
era el primer día de calor de un mes de mayo, vi venir por la calle vacía a una
criatura singular: era un esmirriado muchacho de unos quince años con una
camiseta de color verde fosforescente. Sus vaqueros, demasiado cortos, dejaban
ver unos tobillos picudos y unas canillas flacas; pero lo peor era el pelo, una
mata espesa rojiza y reseca, peinada con gomina, a los años cincuenta, como una
inmensa ensaimada sobre el cráneo. No me costó trabajo reconocerle: era Lolo,
aunque un Lolo crecido y transmutado en calamitoso adolescente. Seguía
caminando inclinado hacia delante, aunque ahora parecía que era el peso de su
pelo, de esa especie de platillo volante que coronaba su cabeza, lo que le
mantenía desnivelado. Y entonces la vi a ella. A Lupe. Venía por la misma
acera, en dirección contraria. También ella había dado el estirón puberal en el
pasado invierno. Le había crecido la misma pechuga que a su madre, de tal
suerte que, como era cuellicorta, parecía llevar la cara en bandeja. Se había
teñido su bonito pelo oscuro de un rubio violento, y se lo había cortado corto,
así como a lo punky. Estaban los dos, en suma, francamente espantosos: habían
florecido, conforme a sus destinos, como seres ridículos. Pero se los veía
anhelantes y en pie de guerra. Lo demás, en fin, sucedió de manera inevitable.
Iban ensimismados, y chocaron el uno contra el otro. Se miraron entonces como
si se vieran por primera vez, y se enamoraron de inmediato. Fue un 11 de mayo
y, aunque ustedes quizá no lo recuerden, cuando los ojos de Lolo y Lupe se
encontraron tembló el mundo, los mares se agitaron, los cielos se llenaron de
ardientes meteoros. Los feos y los tristes tienen también sus instantes
gloriosos.
CBT. No. 2 ING. JUAN CELADA SALMÓN,
LERMA
DALE AGUA DE SU PROPIO CHOCOLATE
(RELATO: TEXTO CREADO POR EL ALUMNO)
POR:
MARTÍNEZ HERNÁNDEZ
MARINA
LECTURA, EXPRESION ORAL Y ESCRITA
MTRO. MARTIMIANO CALZADA MEDINA
GRADO:
PRIMERO GRUPO: E
II
TÉCNICO EN PUERICULTURA
CICLO ESCOLAR 2017 -2018
2 DE NOVIEMBRE 2017.
DALE AGUA DE SU PROPIO CHOCOLATE
En un pequeño poblado
vivían tres hermanos, el mayor se llamaba Rodrigo, el menor Sebastián y el más
chico Ricardo, ellos no habían tenido la fortuna de crecer en un mundo como los
niños de la residencia vecina que se encontraba cerca de su pequeña casa, los
jóvenes adinerados echaban de menos a los tres hermanos, pues a ellos no les
alcanzaba el poco dinero que tenían para comer, incluso en ocasiones buscaban
sobras en los desechos de la basura, a diferencia de Ismael y René que lo
tenían todo.
Un día Ismael y René decidieron
salir a dar un paseo por el pueblo; como sabían que eran la envidia de los tres
hermanos, simplemente pretendían avergonzar al mendigo trío.
En una ocasión, los dos
jóvenes decidieron raptar a Ricardo porque sabían que él salía todas las noches;
a dar un paseo, los rufianes se cubrieron la cara y finalmente lograron su
objetivo.
El pequeño hermano
demoró su regreso a casa y esta situación generó preocupación a Rodrigo y
Sebastián, así que decidieron esperar 20 minutos, sin embargo, fue inútil y decidieron salir en su busca, por
fortuna fueron primero al lugar donde el más tiempo frecuentaba, empezaron a
llamarle por su nombre para ver si él respondía a su llamado, para su buena
suerte lo encontraron y Ricardo confesó quién lo había hecho.
Los tres hermanos no
hicieron nada al respecto, porque sabían que si se metían con ellos la iban a
pagar más caro, así que optaron por ir a su casa y se tranquilizaron.
Durante un tiempo los
tres hermanos no recibieron noticias de aquellos jóvenes y de lo único que
estaban enterados es que estaban de vacaciones. Curiosamente Rodrigo, Sebastián
y Ricardo pasaban por la enorme mansión y se percataron que ya estaban de
regreso los dos rufianes, al día siguiente encontraron solo a Ismael, lo
golpearon y fue llevado a la orilla del río, donde el agua estaba muy sucia para
darle de beber agua de su propio chocolate.
Los dos riquillos
aprendieron la lección y llegaron a la conclusión que no es bueno burlarse de
las personas por su condición social.
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